| Me
presento: mi nombre es Walter H., tengo 40 años, soy de Comodoro
Rivadavia, Chubut, Argentina y al comenzar mi etapa del desarrollo
hormonal, la “madre naturaleza” me agració de tal manera que
puso en mi cuerpo de varón, una hermosa, preciosa y sobre todo
muy femenina “parte trasera”.
Una “cola de mujer”, inclusive con las caderas levemente ensanchadas,
seguramente podría llegar a ser molesto, incómodo y
hasta traumático para un chico, pero, por el contrario, yo
estaba tan inmensamente feliz con mi nueva figura, que no solo accedí
a exhibir y a mostrar sin ningún tipo de pudor o de vergüenza
mi por demás tentador “trasero”, sino también a “entregárselo”
a todo aquel que lo quisiera.
En circunstancias que no vienen al caso, conocí, hace algún
tiempo atrás, a un “viajante” de una prestigiosa firma comercial
de Buenos Aires, quien, durante cinco o seis veces al año,
recorre toda la zona sur del país, obviamente por razones laborales
y por supuesto mi “Comodoro Rivadavia”, forma parte de su “hoja de
ruta”, tanto de ida como de vuelta.
Este “buen señor”, se enamoró literalmente de mi “cola
de nena”, a tal punto que me “bautizó” con una palabra de cuatro
letras, que encierra en su significado todos los adjetivos calificativos
al respecto; simplemente él me llama “Culo” y a mí me
fascina y me alucina que se refiera a mí con ese nombre.
- “Hola Culo ¿Cómo estás? Llego a Comodoro este
viernes, en el vuelo Nº..., a la hora... Si podés, andá
a esperarme al aeropuerto”.
Fue el mensaje que me dejó en mi casilla de E-mail y por supuesto
allí estuve puntualmente. Obviamente él sabe que yo
tengo innumerables relaciones sexuales, porque mi colita ya no puede
pasar mucho tiempo sin comer “algo”, pero cada vez que viene a esta
ciudad, tanto de ida como de vuelta, lo atiendo exclusivamente porque
a ambos nos gusta y mucho.
Hacía más de dos meses que nos habíamos visto
por última vez, así que apenas desembarcó me
pidió que lo acompañase al baño; yo ya intuía
el porque de esa petición pero el aeropuerto estaba atestado
de gente, por lo que tuvimos que charlar durante un buen rato mientras
él se lavaba y se peinaba frente al espejo, hasta que en un
determinado momento no hubieron más “moros en la costa” y en
un rápido movimiento me bajé el pantalón y le
mostré eso que él tanto quería ver, mi colita.
- “Culo, venite al hotel a eso de las diez”.
Me dijo después de despedirnos en la zona céntrica y
por supuesto mi respuesta fue afirmativa. Generalmente nos vamos por
ahí hasta encontrar algún buen “telo”, pero en esta
ocasión yo volví a intuir que mi buen amigo, el viajante,
algo se traía entre manos y efectivamente fue así porque
esa noche, al llegar al hotel, él estaba conversando casi en
forma reservada con el conserje y apenas ingresé al hall, me
pidió que lo acompañe a su habitación.
- “Le dije al chico que tenemos que hacer unos trabajos en forma urgente”.
Me dijo después de guiñarle el ojo al conserje y encaramos
hacia el ascensor y mientras subíamos, me abrazó y me
dio un beso en la boca que me dejó sin aliento, obviamente
con una de sus manos toqueteaba mi cola por encima del pantalón;
cuando llegamos a la habitación y aprovechado la oscuridad
total del pasillo, le devolví el abrazo y el beso en la boca
y de paso le acaricié su entrepierna.
Después de cerrar la puerta con llave, el viajante se sacó
la campera, dejó su maleta sobre la cama y apenas se dio vuelta
y quedó frente a mí, yo me arrodille (una de las posiciones
que más me gustan) y mientras él se desabrochaba la
camisa, empecé a bajarle el pantalón, hasta dejarlo
con su calzoncillo “boxer” que le calzaba a la perfección;
con ambas manos y con movimientos circulares comencé a acariciar,
toquetear y manosear suavemente esa maravillosa zona genital que tantos
deseos me daba.
A lo largo de mi vida (empecé desde muy chico) debo haberme
comido cientos y cientos de pijas y de todos los tipos, formas, tamaños,
colores, etc., pero cada vez que estoy arrodillado ante una entrepierna
masculina, me “pierdo”, me desvanezco, me “doy vuelta” y esta no fue
la excepción; con una desesperación inusitada comencé
a lamer, besar, comer y chupar todo lo que mi buen amigo me ofrecía,
la deliciosa verga, sus redondos huevos y su “mata enrulada de pendejos”.
El mundo, en ese instante, se puede venir abajo que yo no voy a largar
ni un solo momento esa poronga; como, como y vuelvo a comer una y
otra vez y nada me satisface, me refriego la pija por toda mi cara,
la toco, la acaricio, intento abrazarla, la beso, pero la desesperación
me vuelve a ganar y solo un mínimo lapso de raciocinio evita
que no le clave los dientes, ante tan ferviente deseo.
Una fracción de segundo más y me hubiese esparcido en
toda la cara ese tibio chorro y yo obviamente estaba dispuesto a recibirlo
con sumo placer, pero el “viajante” tenía otros planes al respecto,
así que un movimiento unilateral sacó su verga de mi
boca, no sin esfuerzo y sin provocarme algo de fastidio, pero sus
razones eran válidas.
Mientras yo me desnudaba por completo, mi buen amigo empezó
a buscar algo en su maleta y cuando lo encontró, me miró
en forma risueña y me dijo:
- “Mirá Culo, lo que te traje, ponételo haber como te
queda”.
Ante mi grato asombro, me dio una bombacha vedetina y una pollera
tipo tubo, de esas que se usan bien ajustadas y ceñidas al
cuerpo; rápidamente me vestí con dichas prendas y me
miré al espejo; no podía creer lo que veían mis
ojos, ya que si bien no era la primera vez ni mucho menos que me ponía
ropa de mujer, la forma tan femenina de toda mi parte trasera, hacía
que ese tipo de vestuario me calzara a la perfección.
Siempre sostuve que la ropa de hombre solamente viste, pero la de
mujer realza la belleza y la figura del cuerpo, sobre todo del mío
ya que un pantalón de varón, independientemente del
corte, tipo, etc., no refleja el contorno y la forma de mi preciosa
cola, ni de mis rellenos y bien torneados muslos, como sí lo
hace, por ejemplo, una pollera, un vestido, una malla de lycra, etc.
y ni hablar siquiera de las prendas íntimas, bombachas, tanguitas,
medias y portaligas.
- “¡Qué cola preciosa! ¡Qué divina! ¡Por
eso te puse Culo de normbre!”
Exclamaba el hombre una y otra vez sin dejar de mirarme y admirarme
constantemente, hasta que nuevamente me abrazó fuertemente
y me besó apasionadamente en la boca, mientras obviamente me
manoseaba toda mi parte trasera; beso va, toqueteo viene, mi buen
amigo fue dándome vuelta hasta tenerme tal y como él
seguramente quería (y yo también por supuesto).
Apoyado sobre la cama y levemente agachado hacia delante, el viajante
comenzó a levantarme la pollera hasta que mi colita quedo al
aire, únicamente tapada en cierta forma por la bombachita y
una vez así, empezó a tocarme, a acariciarme y a manosearme
hasta que sentí la puntita de su lengua húmeda, recorriendo
toda mis parte trasera.
Me lamía, me besaba, me mordía suavemente los “cachetes”,
bajaba un centímetro la bombacha y me lamía la parte
superior de mi profunda “zanja”, haciéndome sufrir de deseo,
de placer y de gozo, hasta que corrió hacia un costado la prenda
íntima y comenzó a pasar su lengua por toda mi “raja”,
de arriba hacia abajo y viceversa, pero sin llegar a tocar, adrede,
mi rosado agujero.
Mi cola y yo, ya no dábamos más, estábamos a
punto de desvanecernos y en ese preciso instante, para colmo, él
empezó a lamer todo mi “orto”, haciéndome retorcer ante
cada “lengüetazo” y cuando mi “ogete” quedó bien lubricado,
comencé a sentir sus dedos tratando de ingresar dentro de mí;
primero uno, después el otro y así sucesivamente intercambiando
además con unas lamidas y unos chuponcitos que me hicieron
estallar.
- “¡Basta! ¡Cogeme ahora! ¡Dale! ¡Ponémela
toda! ¡Metémela y cogeme con todo!”
Le grité, le rogué y le supliqué simplemente
porque ya no daba más.
- “Sí Culito, ahora te cojo, me pongo el forro y te cojo.
Dicho y hecho, el viajante se enfundó su poronga y en un rápidamente
movimiento, me la puso, toda, de un saque y hasta el fondo; yo sentí,
primero una sensación de alivio por tanta espera y después
un placer y un gozo indescriptibles.
- “¡Ah! ¡Qué culo precioso!”
Decía una y otra vez mi buen amigo mientras me serruchaba,
una y otra vez, haciéndome sentir esa preciosa pija, moviéndose
dentro de mí como un pistón; yo, mientras tanto, tuve
que morder el cubrecamas para no gritar, ya que no puedo contener
en silencio tanta pasión y me gusta exteriorizar esos sublimes
momentos de placer y de gozo, con gritos y alaridos.
Lo que no podía de ninguna manera atenuarse, era el sonido
de los fuertes golpeteos de su pelvis contra mis carnosos “cachetes”,
ante cada embestida y tal era en ese instante la furia de la cogida,
que en uno de esos “pijazos”, el tipo acabó terrible y ferozmente
para, posteriormente, recostarse sobre mi espalda; así, en
esa posición quedamos durante un buen rato, hasta que ya repuestos
ambos, nos fuimos al baño a lavarnos.
Por supuesto que aquello no terminó allí ya que, pasada
la gran “calentura inicial”, el viajante me cogió una vez más
inclusive, poniéndome “patitas al hombro” y metiéndomela
por adelante, hasta que ya su trabajosa verga no quiso más
y no hubo manera de volverla a levantar (ni con un crique); con la
última gota de excitación, el viajante me pidió
que, antes de cambiarme de ropa (prendas que por supuesto quedaron
para mí), camine por el pasillo del hotel así vestido.
La oscuridad del lugar y la hora, además de mi propia excitación
por experimentar aquello, hicieron que accediera a su pedido y me
paseé con esa pollera tubo y esa bombacha que me calzaban,
como dije anteriormente, a la perfección.
Obviamente la cosa no finalizó allí ni mucho menos,
ya que yo volví otra vez a atender a mi buen amigo, el viajante,
tanto en esa ocasión como cuando pasó nuevamente, ya
de regreso, otra vez por Comodoro, pero ello seguramente será
material para un próximo relato.
Soy Walter H. y mi E-mail es: walterculindohache@yahoo.com.ar Escríbanme
please.

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